sábado, 27 de octubre de 2012


Capítulo 2
Magia

Los rayos del sol se colaban traviesos entre los árboles, era mediodía, y el sol quemaba con fuerza en el bosque de Fukoshi. Era un bosque tranquilo y peculiar, ya que en él habitaban numerosas criaturas mágicas. En particular ninfas y hadas de la naturaleza.

Una pequeña mariposa se posó en la nariz de una joven que dormía al pie de un árbol, lo cual le produjo cosquillas y la despertó. Al levantarse, unas alas similares a las de la mariposa aparecieron en su espalda, eran grandes, violetas y membranosas; la chica se peinó su larga cabellera blanca. Era un hada.

Se quitó la hierba de su vestido lavanda y se puso a andar por el bosque con tranquilidad, curando algunas plantas y charlando con los árboles. Pero de pronto se paró en seco y miró hacia arriba. Notaba algo extraño, así que subió volando por encima de las frondosas capas de los árboles. Una vez allí escrutó el cielo con precaución.

Al momento divisó una mancha blanca en el cielo, era una especie de pájaro enorme. Al fijarse mejor, notó que era un ángel que caía debido a que sus alas estaban heridas. Parecía inconsciente mientras caía, ya que no podía ni moverse.

El hada voló a toda velocidad hasta él, intentó sujetarlo pero pesaba demasiado y por la inercia de la caída apenas pudo sujetarlo dos segundos, al menos, fue suficiente como para frenar un poco su caída. Atravesó las hojas de los árboles y se perdió de la vista de la chica, que volaba frenética hacia allí.

Cuando llegó, se encontró al ángel en el suelo, en medio de un charco de sangre muy roja y brillante. Era moreno y con el pelo ligeramente largo. A su lado, una chica con el pelo azul muy claro lo examinaba con quietud. Alzó la mirada cuando el hada llegó.

-Hola Tara, te he visto intentando detener la caída del chico.

-Kasumi - dijo ella, preocupada - ¿Cómo está?

-No muy bien... - susurró ella - tiene los órganos destrozados y no sobrevivirá a menos que yo intervenga.

-¿A qué esperas, pues?

Kasumi sonrió, y poniendo la mano en el pecho del ángel, murmuró unas leves palabras que nadie llegó a entender, y sus ojos se pusieron de todos los colores. Los mismos que surgieron en forma de luz cuando su mano se iluminó.

Hubo un largo momento de tensión mientras Kasumi curaba, pero el chico inspiró profundamente y abrió los ojos, eran azul oscuro, profundos como el mar. Miró a las chicas asustado.

-¿Dónde estoy?

-En la tierra, ¿Qué te ha pasado? - preguntó Tara, arrodillándose junto a él.

-Mi... Hermano, ha invadido mi ciudad y matado a todos.

Tara y Kasumi cruzaron una mirada de desprecio.

-Que ser tan cruel...

El ángel sonrió triste y miró al cielo. Su caída había hecho un agujero en la copa de los árboles, y desde allí se podía ver una nube negra en lo más alto del cielo, apenas se podía ver bien. Luego miró a las dos criaturas que lo habían salvado.

-Mi nombre es White Pit, un ángel guerrero.

-Yo soy Tara, un hada de la naturaleza.

-Y yo Kasumi, una ninfa de... ¿Lo mismo? - rió su propio chiste - ¿Dónde irás ahora?

-No puedo ir a por mi hermano Dark aun, estoy muy débil y vuestra magia curativa no ha afectado a mis alas. - dijo mirando sus rojizas alas, manchadas de su propia sangre - me tomará varios meses curarme de esto.

Tara lo ayudó a levantarse y los tres fueron hacia su casa.

-Puedes quedarte en mi casa del árbol durante ese tiempo. Tengo montones de habitaciones.

Llegaron a un pequeño claro, en su centro crecía un árbol de extraordinarias dimensiones, en su copa, una gran casa de madera parecía ser parte del árbol. También habían unas escaleras por dentro del tronco del árbol. White miró el árbol asombrado.

-No posee interior pero sigue vivo... ¿Cómo lo habéis hecho?

Tara le guiñó un ojo.

-Magia... Y muchos conocimientos de los árboles.

Tara le mostró el interior de la casa. Era de dos pisos, en el primero, había un desnivel formado por dos escalones que separaba la cocina del salón, el salón tenía dos sofás y una antigua televisión. Además de una mesa hecha de madera y hojas secas; para subir al piso de arriba, una hermosa escalera de caracol ascendía hasta un piso superior que formaba una especie de balcón con el inferior. Habían seis puertas. Una de ellas era la habitación de Tara, otra la futura habitación de White, luego otras dos con una cama cada una y otra habitación con dos camas. La última puerta era un baño. Las paredes parecían un árbol, todo parecía ser un árbol, de hecho. Como si en vez de construir la casa, el árbol hubiese crecido así.

White miró todo asombrado, sonrió.

-¿Te gusta? - dijo Tara sonriendo - tengo cuatro habitaciones de invitados. Tres individuales y una doble.

-¿Es un hotel? - bromeó White.

-Para seres mágicos... Pero el pago es con vuestra sonrisa.

Después de una abundante cena con la que sería su nueva familia, White se tumbó en la cama de su nueva habitación, miró por la ventana, desde allí se podía ver el pueblo, sus luces, su gente... Le recordó a su ciudad, y entre discretas lágrimas, juró vengar a todos los que perecieron a manos de Dark Pit.

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