domingo, 14 de abril de 2013


Capítulo 8
Mi propia libertad

La lluvia caía con pesadez sobre el misterioso bosque mágico. Una extraña paz inundaba el lugar con los "plic" de la lluvia. Una vez terminó de llover, todo parecía más limpio y más puro. Excepto un punto en el centro del bosque.

Allí, un empapado joven de pelo blanco miraba frío a la amenazadora muerte que se plantaba frente a él.

-¿Sigues sin aceptar mi propuesta?

-Lo siento. Jamás seré tu siervo, lo sabes bien.

La muerte hizo un sonido parecido a una risa de ultratumba, y desapareció, llevándose consigo la tensión que ese lugar acumulaba. La vegetación baja de esa zona acababa de morir, así que el joven lo miraba todo con algo de tristeza. Pero un sonido imprevisto lo hizo trepar a un árbol a esconderse, al momento, Kasumi apareció angustiada entre los arbustos.

-¿Qué ha pasado aquí?

La ninfa se arrodilló en el centro del claro y murmuró unas palabras, en ese instante todo se volvió de color verde.

-Ya está chicas, no os preocupéis - dicho esto abrazó uno de los árboles del claro -. Gracias por avisarme.

Kasumi se marchó, alegre. El chico bajó del árbol con un destello de curiosidad en su mirada, dispuesto a seguir a esa ninfa.
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-Vaya vaya, estás muy agitado hoy, Akio.

Kai observaba con maldad como su preso golpeaba las paredes con su propio cuerpo, debido a la camisa de fuerza.

-¡Déjame salir, maldito!

-Aun no estás curado, sigues con deseos de matar.

-¡De matarte a ti solo, bastardo!

Kai rió para sus adentros y silbó una melodía propia de las cárceles humanas, lo cual solo hizo rabiar más al chico rubio que peleaba contra la camisa de fuerza.

Akio no tardó en resignarse y sentarse en un rincón de la celda acolchada, propia de los manicomios, pero hecha en los calabozos del castillo de Kai, el cual, aburrido de que su preso ya no hiciese nada, se marchó.

Akio aprovechó para frotar su rostro contra la pared y así quitarse la venda de los ojos. Entonces con la boca mordió uno de los cojines de la pared y éste se soltó, dejando un agujero lo suficiente grande para un adulto fornido como él. Sonrió satisfecho y se arrastró solo con las piernas por el túnel, rezando para no magullarse demasiado la cara. No tardó en alcanzar el final del túnel, que daba a parar en pleno bosque profundo, por lo que era casi imposible verlo. Se cortó las mangas en una roca afilada y se arrancó la camisa, dejando a la vista sus extraños tatuajes. Luego corrió hacia el otro extremo del bosque.

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Yukino tarareaba triste en un rincón de su casa, una pequeña cabaña de madera en pleno bosque. Normalmente estaba con su hermano los días de lluvia, y jugaban juntos a algunos juegos de mesa o a insultarse, pero hacía semanas que su hermano Akio había enloquecido en su entrenamiento como mercenario, y Kai lo había encerrado en el calabozo. Siguió arrodillada en el rincón, donde tenía fotos y algunas notas, hasta que llamaron a la puerta.

Le dio un escalofrío. Solo tres personas conocían su paradero, una estaba encerrada, las otras dos eran Kai y Aqua, y siendo noche cerrada, no era conveniente abrir a nadie, así que escondió el rostro entre sus rodillas y lloró en silencio, hasta que escuchó unos pasos frente suya. Miró, muy asustada.

Era Akio.


-¿Me has echado de menos, hermana?

Yukino sonrió y rompió a llorar. Esta vez de alegría.

-¿Cómo has escapado?

-Tengo mis medios. No podía dejarte sola más tiempo.

Se fundieron en un largo y cálido abrazo. Akio quería a su hermana por encima de todo y lamentó su locura por no haberla podido proteger.

-¿Te hizo algo Kai?

-No. Intentó venir a que le perdonara, pero no pienso hacerlo.

-Chica lista.

Pocos minutos después, volvieron a ser dos hermanos felices, jugando al ajedrez.

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-¿Hoy sales, Tara?

White miraba con curiosidad a su amiga, la cual llevaba un bonito vestido azul con volantes, llevaba el pelo recogido en un extravagante lazo azul e iba descalza.

-A parar la lluvia, a mis flores no les conviene tanto.

Suzumi, que estaba leyendo al lado de White en el sofá, la miró sorprendida.

-¿Puedes hacer tal cosa?

-Suzumi, yo puedo hacerlo todo - dijo Tara con una sonrisa.

-No puedes revivir muertos.

Tara lanzó a Kyle una mirada fulminante, la cual provocó que Kyle se convirtiese en gato y se escondiese debajo del sofá.

-¡La ira de Tara!¡Cuidado!

En apenas dos semanas, Kyle había pasado de no ser más que un tío seco y arisco a un bromista adicto a los dulces. Todos lo agradecieron profundamente, pero seguía siendo bastante arisco si de su comida se trataba. Tara suspiró y salió de casa.

-No destrocéis nada.

Y con esa advertencia, Tara salió de casa, dejándose empapar por el refrescante contacto con las gotas de lluvia...

Lo que no sabía, era que una amenazadora sombra estaba a punto de cernirse sobre ella.

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