miércoles, 24 de abril de 2013


Capítulo 9
La luz escondida

Seguía lloviendo a mares en el bosque. Había parado durante un rato minutos atrás, pero durante todo el día había estado lloviendo a intervalos, así que no era nada de fiar. Tara caminaba sin inmutarse de que su pelo estaba empapado, cayendo pegado a su espalda y sus brazos. Las alas se habían vuelto azul intenso, y al contrario de estar más pesadas por la lluvia, parecía que con cada gota estaban más vigorosas. La joven hada se paró en la entrada de su jardín y empezó a hacer escudos de agua a las plantas que se estaban ahogando, cuando las que aun necesitaban más agua estuviesen satisfechas, pararía del todo la lluvia.

Algo sonó detrás de ella. Normalmente los árboles le avisaban de qué se acercaba, pero esa vez solo escuchó de sus amigos unos gemidos de miedo. Preocupada, se giró para ver aquello que tanto los asustaba.

-Hola, jovencita.

Un chico de ojos rojos la miraba con frialdad y una sonrisa divertida, su pelo negro estaba pegado a su cabeza por la lluvia, pero la mecha roja seguía seca. Tara se estremeció ante su presencia, que no daba ninguna buena sensación.

-¿Quién eres?

El desconocido hizo una falsa pose de indignación.

-¿Cómo?¿Tantos años conviviendo en el mismo bosque y no me conoces?

Tara se encogió de hombros, ella solo conocía a Kasumi como habitante del bosque, además de las plantas y de los otros seres que hacía meses que se habían marchado. El joven sonrió de manera maliciosa.

-No puedo culparte, nunca nos hemos visto.

-Tengo entendido que en la parte frondosa del bosque vive un humano apartado del pueblo...

-¿Te parezco humano, Tara?

El hada estaba cada vez más asustada, y a sus espaldas los árboles seguían gimiendo de miedo.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-Bueno, yo soy el hombre que vive en la oscuridad del bosque, y te puedo asegurar que ya no tengo nada de humano - miró a Tara y adoptó una pose menos amenazadora -. Los animales hablan mucho de ti.

Kai miró como Tara relajaba visiblemente sus alas, que en cualquier momento iban a ponerse en pleno vuelo. Sonrió ante la clara idea de que Tara no hubiese llegado demasiado lejos.

-Vengo para proponerte algo.

-Habla, te escucho.

-Mira, mi hermano pequeño está muy enfermo, y necesito una hierba que solo tú sabes encontrar. Se llama flor de la sangre.

Tara cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna, con los brazos cruzados. Sabía que esa flor podía hacer algunos milagros, pero por lo general no traían nada bueno.

-Esa flor no es demasiado buena, ¿Qué le ocurre a tu hermano?

-Una enfermedad en la sangre, querida, y sé de buena mano que esa planta es capaz de manipular la sangre al antojo del poseedor.

-Exacto... ¿Qué recibiré a cambio?

Kai miró a la joven con sus intensos ojos rojos, que chispeaban de manera hipnótica.

-Tu poder oculto.

Un escalofrío recorrió la espalda de Tara, había escuchado a su maestro hablar de un poder que ella poseía, pero murió antes de poder preguntarle nada sobre eso.

-Explícate.

-Verás, querida. Eres Tara, hechicera del nivel más alto en la última escuela de magia, hada poseedora de todos los dones de la naturaleza, pero, ¿Por qué posees dichos dones, cuando las hadas normales solo poseen uno o dos?

Tara no supo responder a esa pregunta. Las hadas que conoció la trataban como a alguien especial, una elegida, pero jamás le dijeron las razones, o las cosas que le deparaba el futuro. Ahora, casi un año después, un desconocido le venía con la misma historia.

-¿Y qué tiene que ver con lo que me darás a cambio?

-Aun no has desarrollado todo tu poder, Tara.

Kai se acercó cada vez más a Tara, apresándola contra un árbol.

-¿Aceptas ser mi alumna?

Tara miró a los ojos a Kai, y vio en ellos una oscuridad demasiado aterradora para observarla durante más de cinco segundos. Bajó la mirada, consternada.



-No.

Kai borró su sonrisa de la cara tan rápido como el rayo y miró con dureza a Tara, que intentaba escapar del apresamiento.

-¿Segura? - su mano se deslizaba peligrosamente por su cintura, haciendo que Tara se sonrojara.

-¡Suéltame!

-Maldita, te enseñaré a no negar jamás una petición de Kai.

Tara se asustó de tal forma que cerró fuerte sus ojos, y algo dentro de Tara estalló. Su cuerpo empezó a emitir una luz tenue, pero sus alas brillaban como si fuesen el mismo sol. Gritó y alzó la mano, dirigida a Kai, que sonreía complacido ante la escena. Toda la luz de sus alas se transportó a sus manos, que dispararon aquella luz contra el chico. Kai se apartó justo a tiempo, pero la bola de luz retornó a Tara y se extinguió. El hada abrió los ojos, aun más asustada.

-¿Qué ha ocurrido?

-Solo he hecho una pequeña farsa para despertar tu poder, no me lo agradezcas. Puedes quedarte la flor, era parte de la farsa...

Tara miró confusa a Kai, que se estaba fundiendo con la oscuridad de la maleza.

-¿Quién eres?

-Oh, yo no soy nadie. Pero tú debes guardar a salvo ese poder. Pronto lo necesitarás para salvar aquello que más quieres. Dime, ¿Ahora quieres ser mi alumna?

Tara miró a Kai con hastío antes de que desapareciera del todo.

-Jamás.


La luz de la luna se hizo al fin permanente sobre el bosque dormido. Kai caminaba con tranquilidad entre la espesura, alejándose de un claro donde había dejado atrás a un hada muy especial. Sonreía mientras pasaba su lengua por el labio superior.

-Pronto te haré cambiar de opinión, querida Tara.

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