miércoles, 4 de septiembre de 2013


Capítulo 11 
Fragmentos del alma

Noche cerrada en el bosque. Las estrellas brillaban con fuerza en el firmamento, dejando pasar su casi imperceptible luz por las hojas de los árboles. Todo el ambiente era relajado y tranquilo. A la orilla del río había una joven de cabellos blancos, más largos que su propio cuerpo. No era Tara, pues no tenía alas. Al menos, no físicas, pues en su reflejo se podía apreciar la sombra de unas alas de ángel. La joven dio una patada enfurecida al agua, turbando su imagen del agua.

-Estúpidas alas, debí haberlas heredado.

Con una katana que tenía en su cinto, se cortó el cabello por la cintura, tal vez por rabia, tal vez por comodidad. Solo ella sabía lo que pensaba. Suspiró y decidió meterse un poco en el río. Su nombre era Karina. Descendiente de los ángeles y de los "neko". Sin embargo, nunca llegó a heredar las alas que toda su familia poseía. Hecho por el cual la ignoraban y repudiaban. Cerró los ojos para evitar recordarlo.

Volar. Su único sueño. Poder agitar unas alas brillantes y poderosas, surcar los cielos. No se limitaba con la levitación que había logrado tras arduos entrenamientos, quería volar de verdad.

Sacudió la cabeza para cambiar de pensamientos, pues no eran los que la habían traído hasta allí. Miró los alrededores con dudas, hasta que divisó luz en una copa de un árbol lejano. Caminó hacia allí, decidida. Al menos, hasta que un encapuchado se cruzó en su camino.

-Pareces interesada en ir hacia casa del hada. ¿Qué quieres de ella?

Karina se estremeció ante la áspera voz del hombre que se alzaba ante ella, cortando el camino.

-No es asunto tuyo.

-Oh, claro que lo es. Esa hada debe vivir hasta que yo obtenga su alma, no permitiré que la mates.

Karina se relajó un poco, mirando a la persona que había delante suya.

-Tú eres el ser del que debería haberla protegido si yo hubiese sido elegida. ¿No es cierto?

Dark se bajó la capucha, dejando que sus ojos rojizos destacaran en la noche.

-Sí, pero en tu lugar eligieron a tu hermano... Kyle, ¿No es cierto? - sonrió de forma seductora -. Mi pobre corrompida, hiciste bien en ponerte del lado de la oscuridad.

Karina bajó la mirada, sorprendida por lo mucho que sabía ese ángel caído de ella, a pesar de no haberse visto nunca.

-Sé que te preguntas cómo puedo saber tanta información. Todo a su tiempo, Karina - Dark la miró de reojo -. Si quieres saberlo, claro...

-Me gustaría. Pero no será gratuito, creo ver.

-Sé mucho más de ti, de Tara... Y de Kyle - la miró para ver su reacción, que no fue otra que mirarle de forma inquisitiva -. Si quieres saberlo, tendrás que cumplir dos cosas.

Karina miró dudosa al joven, que tenía algo que se hacía de respetar. Era más alto que ella, misterioso, frío, renegado al igual que ella, apuesto. Carraspeó para centrarse en lo que estaba.

-Te escucho.

-La primera, que no te acerques a Tara por ahora. Podrás observarla de lejos - se acercó a ella a medida que hablaba, terminando por quedar a escasos centímetros de su rostro -. Y la segunda, que vengas conmigo a mi base. Me da lástima que una joven tan bonita vague sola por este peligroso bosque - puso cara de falso miedo -. Además, hay una asesina suelta por el lago, a dos kilómetros de aquí. Podría estar escuchando ahora mismo.

Karina se estremeció. La verdad era que necesitaba dormir, pero si lo hacía por el día no podría ver la actividad diaria de Tara, así que pensaba dormir por la noche, sin embargo, con esa asesina suelta, no lo tenía tan claro. No llegó a detectar la sonrisa satisfecha de Dark cuando dijo que aceptaba.

-Está bien. Tu habitación te estará esperando.

Tras un chasqueo de dedos, aparecieron en su oscura mansión celestial, cuya ubicación era un oscuro nubarrón. Yami se encontraba mirando las fotos que tan especiales eran para ella, las de Hikaru. Levantó la vista para ver a Karina.

-Deja de traer más esclavas, Dark, ya tienes una docena de prostitutas que esclavizaste de este viejo reino.

Karina alzó las cejas al notar cómo Dark se ruborizaba, pero sin perder su mirada fulminante.

-Calla, Yami. Te dije que no hablases de eso. Son simples sirvientas.

-Si supieses lo finas que son las paredes por las noc... ¡Oye!

Tras un pequeño golpe de Dark, la pequeña calló definitivamente. Karina luchó por mantener su postura neutra, aunque era complicado. Se esperaba al legendario asesino de las sombras un poco más violento. Dark la condujo por los pasillos de la mansión hasta una de las más cercanas al jardín trasero, compuesto por rosas negras y fuentes de sangre. Karina sonrió, le gustaba. Al igual que la habitación, de muebles oscuros y victorianos. Karina se sentó en el sillón central, agotada. 



-Gracias, Dark.

-No hay de qué. Recuerda nuestro trato.

Karina afirmó con la cabeza. El ángel iba a marcharse de la habitación, pero se detuvo un instante.

-Por cierto, ¿De qué te alimentas exactamente?

-Sangre humana y carne animal.

Dark sonrió, dejando mostrar sus colmillos bañados en sangre de hacía diez minutos, justo antes de encontrar a la chica.

-Está bien. Una sirvienta vendrá a avisarte de la comida.

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Kyle despertó violentamente al amanecer, tras una amarga pesadilla. Miró a Tara, que dormía plácidamente a su lado. Se lamió la pata y se recostó, no sin sentir una amarga presión en su pecho. No descubrió lo que era hasta horas más tarde, en el río.

-¡Kyle, ven a ver esto!

Se acercó donde Tara indicaba. En la orilla del río había una cabellera casi tan larga como la del hada, tirada en el suelo. Kyle cogió un mechón y lo examinó. El corte era limpio y de algo extremadamente afilado. Pensaba que era de su protegida hasta que se le ocurrió olerlo. Abrió los ojos con fuerza y se echó hacia atrás.

-¿Qué ocurre?

-Karina está aquí...

-¿Quién? - Tara estaba algo asustada por el miedo que reflejaban los ojos de Kyle.

-Mi hermana - al ver la cara que ponía de pronto Tara, pudo leer sus intenciones -. No. No vamos a ir a conocerla. Quiere matarte.

Tara tuvo un escalofrío. No le convenía tener tantos enemigos.

-¿Qué harás?

-Mi misión. Protegerte - miró al cielo con decisión -. Ahora mejor volvamos a casa, es peligroso.

Volvieron a casa con rapidez, mientras Karina sonreía desde la copa de un árbol, observándolos.

-Muy pronto serás mía... Tara.